En contra de mi costumbre, la entrada de hoy no irá ilustrada. Todavía nos duele en la retina la imagen del niñito sirio ahogado cuyo nombre no mencionaré por pudor y la de todos esos refugiados (hombres, mujeres y niños) tratados peor que ganado en las estaciones ferroviarias de Hungría.
Este periodismo tan crudo y, en cierto modo, machacón ha conseguido que algo se conmueva en nuestro interior y nos haya arrastrado primero a la indignación más furibunda y a continuación a que enarbolemos por todo lo alto la bandera de la solidaridad.
